CRUCE ANDINO: PASADO Y PRESENTE POR LOS CAMINOS DE LA FE

Paso a paso por caminos de fe y aventura, desafiando volcanes y lagos, descubrimos un camino para decir adiós a los límites, donde la imponente belleza andina se confunde con historias que hoy parecen increíbles, y donde la frontera entre dos países se mezcla en colores de bosque y nieve. Por Guillermo Canales Domich.

Verano de 1718. Temiendo a cada segundo ser víctimas de un nuevo ataque por grupos aborígenes poyas y puelches, los soldados del sargento mayor Martín de Uribe atravesaron paso a paso la espesa maraña de ramas y troncos, hasta llegar al claro donde hasta hacía poco se levantaba la misión jesuita de Nahuel Huapi, en las cercanías de lo que hoy es Bariloche, en la provincia argentina de Río Negro. En el lugar, solo maderos calcinados y el más absoluto silencio recordaban que alguna vez se había intentado desde allí conquistar las almas de las tribus semi nómadas de la Patagonia septentrional. Espada en mano, los hispanos recorrieron palmo a palmo el sector, sin encontrar sobrevivientes. Los indígenas, sin embargo, habían respetado la vida a María, la virgen de los Poyas de Nahuel Huapi, que oculta bajo unos cueros y entre los matorrales cercanos esperaba pacientemente el rescate de las huestes cristianas.

Con la Virgen a cuestas, y atribuyendo probablemente la salvación de la imagen a la intervención divina, la expedición volvió sobre sus pasos hacia el Archipiélago chilote, el mismo lugar desde donde el sacerdote jesuita Nicolás Mascardi había partido, hacía ya largos años, con la misión de convertir a las tribus indígenas que deambulaban al otro lado de la Cordillera.

Al contrario del sistema misional establecido por los seguidores de San Ignacio de Loyola, bautizado como la Misión Circular, el misionero Mascardi concibió la estrategia no de recorrer una a una las islas y localidades para volver al punto de origen tras completar una especie de ‘ciclo de la fe’, sino de aventurarse por lugares casi desconocidos para lograr la conversión de los neófitos, predicando la palabra de Dios en tierras donde la presencia del europeo era hasta ahora sólo sinónimo de esclavitud y muerte. Precisamente, fueron algunos de los prisioneros indígenas traídos como mano de obra desde el lado Este de los Andes, quienes convencieron a Mascardi de que conocían un paso a través de las altas cumbres. Tras lograr la liberación del grupo, el jesuita fraguó una exploración que tanto tenía de espíritu evangelizador como de aventura y deseos de conocimiento. Según comenta el profesor e investigador chilote Renato Cárdenas, Mascardi no era un sacerdote común y corriente, y a su sed de comprender el mundo desde la ciencia sumaba además un sueño presente en el imaginario colectivo del siglo XVII: descubrir la Ciudad de los Césares, mítico y oculto territorio fundado por exploradores europeos extraviados, y supuestamente repleto de riquezas de todo tipo. 

Mascardi no era ajeno a las altas cumbres italianas, y por eso no titubeó en lanzarse a desafiar los macizos andinos cubiertos de nieves y peligros que ahora esperaba vencer con la ayuda de sus aliados poyas.

Dispuestos a redescubrir el mundo nuevo que el jesuita encontró a su paso, hace algunos años me lancé también a la aventura, claro que no a bordo de las frágiles dalcas que a base de corteza y fibra construyeron Mascardi y sus compañeros de ruta, sino cómodamente instalado en el catamarán que hoy surca las aguas del Lago Todos los Santos.

Con nostalgia pre pandémica recuerdo con especial claridad ese viaje. Saliendo desde Petrohué, el invierno sureño nos regalaba una mañana de sol que invitaba a dejar los asientos y disfrutar desde cubierta de un paisaje pocas veces visto, donde los mismos volcanes y montañas que vigilaron la ruta del jesuita, y que luego fueron desafío para los colonos llegados desde Europa central, nos acompañaron al surcar suave y rápidamente las aguas cristalinas del lago, como queriendo recordarnos lo fugaz que resulta nuestro paso por este mundo, lo pequeño de nuestra huella en la nevada inmensidad de los Andes.

Lago Todos Los Santos

El comienzo del turismo

El viaje en sí es toda una experiencia, que en esa ocasión compartimos con brasileños, argentinos, colombianos, japoneses, y por supuesto muy pocos chilenos, confirmando lo que ya sabíamos: que nuestras bellezas y patrimonio únicos en el mundo se ven mejor desde el ojo de los extranjeros… pero no nos amilanó. Empapados de la fe inquebrantable y espíritu aventurero de Mascardi, descendimos en la otra orilla después de una plácida travesía y dimos los primeros pasos por Peulla, un oasis de verdor rodeado por el blanco de las cumbres, convertido desde hace más de un siglo en eje de la ruta que unía las estancias de la Patagonia argentina con las ciudades cercanas al lago Llanquihue. La sociedad Chile-Argentina, de capitales europeos, patentó el tráfico de lana y otros productos animales hacia el Pacífico, que complementó con el traslado a lomo de mula de papas y abastecimiento en general para los enormes latifundios al otro lado de la cordillera.

La crisis de la Primera Guerra Mundial obligó al término de giro de la empresa, y al mismo tiempo permitió que un argentino de padre suizo, Ricardo Roth, comprara casi sin saber cómo la ruta completa, con bodegas y medios de transpor te incluidos. La idea de este aventurero patagónico, sin embargo, iba mucho más allá de los sacos de papa y los fardos de lana, y fue así como pronto comenzaron a llegar los primeros turistas, en su mayoría osados extranjeros atraídos por la salvaje belleza de estos parajes australes.

“Todos pensaban que mi abuelo estaba loco, cómo se le ocurría hablar de turismo, de traer gente, era visto como un pájaro raro, pero siguió adelante”, comenta Alberto Schirmer, heredero del legado de este pionero del turismo patagónico, y ahora protagonista de una nueva ‘locura’.

“Todos pensaban que el abuelo estaba loco, cómo se le ocurría hablar de turismo, de traer gente, era visto como un pájaro raro, pero siguió adelante”, comenta Alberto Schirmer, heredero del legado de este pionero del turismo patagónico, y protagonista de una nueva ‘locura’. A pocos metros del ya histórico hotel Peulla, Schirmer levantó un nuevo icono del turismo en el cono sur. Mezclando clase, cordialidad y acogedores espacios, el hotel Natura es sin duda un plus a la ya exitosa experiencia turística en el sector.

Peulla invita a quedarse

Antes de seguir rumbo a la frontera chileno-argentina, para pasar luego por los puertos Frías y Blest, y lanzarse finalmente a navegar el Nahuel- Huapi hacia Bariloche, Peulla invita a quedarse. Canopy, rutas de excursión y trekking, cabalgatas y tranquila navegación por ríos de agua pura y cristalina, son sólo algunos de los atractivos adicionales de un territorio que saca partido al aislamiento, y que entiende que su principal ventaja comparativa es justamente la lejanía: “Ojala nunca haya un camino alrededor del lago, porque viene la polución y los incendios. Que ojalá quienes vengan a futuro sean personas que cada vez quieran más la naturaleza. Hay lugares que se merecen una detención, pero una detención en serio”, sentenció Schirmer en el epílogo de nuestra visita. Recuerdo especialmente la buena mesa que disfrutamos en el hotel, algo muy distante a las penurias que Mascardi y otros jesuitas vivieron en sus rutas misionales. En una de sus cartas, Mascardi cuenta que su dieta en tierras patagónicas consiste básicamente en huevos de avestruz (el choike o ñandú patagónico) y menudencias de los interiores del guanaco.

En una de sus cartas, Mascardi cuenta que su dieta en tierras patagónicas consiste básicamente en huevos de avestruz y menudencias de los interiores del guanaco, mientras que uno de sus contemporáneos, el sacerdote José García, da ejemplo de austeridad.

Trágico fin

Alimentándose de fe, los jesuitas cruzaron la cordillera hace ya más de trescientos años, y desde las orillas del Nahuel Huapi irradiaron la fe cristiana a los poyas, puelches y mapuches que poblaban el vasto territorio.

Evangelización de Padre Mascardi (Dibujo del Libro «Padre Nicolás Mascardi» de Fray Contardo Miglioranza).

Mascardi, sin embargo, encontraría un trágico fin a manos de los propios indígenas que intentaba convertir, probablemente con demasiada buena memoria como para no recordar la guerra de ‘malocas’ que los capitanes españoles desarrollaron en sus tierras, y que se tradujo en miles de nativos apresados para ser usados como esclavos en Calbuco y otras localidades. La imagen de nuestra señora de los Poyas de Nahuel Huapi corrió mejor suerte, y después de ser rescatada de entre los restos arrasados de la Misión, cruzó nuevamente la cordillera para finalmente vigilar los destinos de la cristiandad en la base evangelizadora establecida por los jesuitas en tierras chilotas.

Abriendo camino

Así pasaron los años, que dieron después paso a los siglos, hasta que datos recopilados por Renato Cárdenas y otros investigadores dieron luces acerca de la historia grabada a fuego en las maderas de la Virgen, hoy conocida como la señora de Loreto en la iglesia de Achao, cuya réplica se encargó al escultor chilote Milton Muñoz, para ser venerada en la catedral de la localidad trasandina.

Señora de los Poyas del Nahuel Huapi

El profesor e investigador Renato Cárdenas tuvo un encuentro cercano con la religiosidad chilota cuando viajó en peregrinación a la isla Caguach en la década de los setenta. Desde esos años se dedica a reconstruir e interpretar la savia del fervor religioso que da vida y sentido a la vida en la Patagonia Insular. Su última tarea, rescatar la historia de la Señora de los Poyas del Nahuel Huapi, imagen religiosa que el sacerdote Nicolás Mascardi entronó en la Misión de Nahuel Huapi y que según propias palabras de Cárdenas sirvió para revalorizar la virgen de Loreto: «La imagen de la virgen ha hecho reflexionar no sólo a los intelectuales, sino también a la gente sencilla, para entender que somos un mismo pueblo, con una historia en común. De pronto se puso una frontera, un cerco, y nos transformamos en los del lado de acá y los del lado de allá; por eso, cada viaje es una borrada que le hacemos a la cordillera”.

Queda sin embargo mucho por hacer, y así lo han entendido en Achao y Bariloche al asumir la tarea de reencontrarse en una historia común a ambos pueblos. Con intercambios culturales, concursos literarios y actividades ligadas al culto católico, a un lado y otro de los Andes se espera seguir abriendo camino a la unión y entendimiento, una ruta abierta por los jesuitas hace siglos, y que hoy busca su propia Ciudad de los Césares en las altas cumbres de la fraternidad entre los pueblos.

Ruta de Mascardi y Cruce Andino

Casi el 80 % de quienes en un contexto sanitario normal hacen la ruta del Cruce Andino van de Oeste a Este, partiendo de Puerto Varas para embarcarse en Petrohué, llegando a Peulla tras cruzar el lagoTodos Los Santos. Desde allí, la ruta sigue serpenteando entre montañas y nieve para cruzar la frontera en Puerto Frías, lugar de embarque en el catamarán Caleuche para cruzar hasta Puerto Alegre. Desde ahí, un breve viaje en bus hasta Puerto Blest para entonces cruzar el lago Nahuel Huapi hasta Puerto Pañuelo, a un paso de Bariloche. Hay que decir que el viaje es muy distinto al circuito patentado por los jesuitas a mediados del siglo XVII, que comenzaba un poco más al sur, para cruzar por los faldeos del volcán Tronador, y que se hacia navegando en frágiles dalcas, a lomo de mula o simplemente a pie, una alternativa que aún está disponible para los más aventureros.

La historia oculta de Purailla

Al igual que los descendientes de los colonos suizos en el lago Todos los Santos, las comunidades indígenas del sector también están apostando por rescatar su historia y potenciar el turismo desde su propia perspectiva. Las antiguas crónicas españolas hablan del territorio Purailla para definir al espacio cordillerano al este del lago Llanquihue, y con esa denominación los descendientes mapuche-huilliche que habitan el territorio buscan entregar otro punto de vista a quienes llegan hasta la zona lacustre. Navegación, alojamientos y comidas, así como vivencias y relatos de las antiguas comunidades, son parte de la propuesta que las primeras naciones ofrece al visitante.

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