El desperdicio de comida, una causa global y personal

Botamos la mitad de la comida que producimos. Nadie podría enorgullecerse de esa cifra. Es un comportamiento humano que más bien nos debería avergonzar. 2 100 personas, en su mayoría niños, mueren todos los días de hambre. Es decir, sobre 760 mil seres humanos mueren cada año por desnutrición. Nadie puede argumentar que esta cifra es muy alta porque África queda muy lejos o es difícil llegar a lugares muy aislados con una solidaria ración de comida. La logística no es un problema para el hombre moderno. Diariamente se distribuyen millones de toneladas de alimentos hacia todos los rincones habitados del planeta. Todos los obstáculos son superados si dan los números. El comercio y el intercambio de bienes y servicios producto de la globalización parecen no tener límites. Por cierto, en Chile también hay personas que padecen de hambre o no comen regularmente. Según datos que se desprenden de la ficha CAS, uno de cada siete chilenos necesitan, por diferentes razones, de la ayuda de otros para poder comer.
Toda la comida que derrochamos tiene un altísimo costo ambiental. Si fuera un país ocuparía el tercer lugar, después de Estados Unidos y China, en emisiones de Gases de Efecto Invernadero. 330 millones de toneladas de CO2 son generados por los 1 300 millones de toneladas de comida que botamos. Es un absoluto despilfarro de agua, energía, suelo y recursos naturales frágiles y limitados. En la era del calentamiento global, el consumismo nos idiotiza y nos hace actuar con absoluta irresponsabilidad y desprecio por el más común de los sentidos. Podríamos afirmar que el sentido común también lo botamos a la basura.

 

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En la era del calentamiento global, el consumismo nos idiotiza y nos hace actuar con absoluta irresponsabilidad y desprecio por el más común de los sentidos. Podríamos afirmar que el sentido común también lo botamos a la basura».


 

De la misma forma como es imposible no botar nada, es absolutamente posible reducir sustancialmente la pérdida. Ya existen pequeñas y grandes soluciones que nos hacen ver el futuro con un moderado optimismo. Hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, están haciéndose cargo del desperdicio alimentario y logran recuperar miles de toneladas de frutas, verduras y productos comestibles con el objetivo de compartirlas con personas que la necesitan. Los empresarios y políticos también comienzan a reaccionar a través de iniciativas más estructurales y de gran escala. La existencia de la Red de Alimentos es una obra creada por empresarios sensibles que todas las empresas de alimentos y retail deberían poder apoyar. El senado chileno debe analizar este año una propuesta de modificación al Código Sanitario que busca prohibir que supermercados y tiendas boten a la basura los alimentos mal rotulados, con defectos o a punto de vencer. Deberán venderlos a un precio inferior o donarlos a instituciones —como la Red de Alimentos— que se encargan de distribuirlos a organizaciones de caridad. Francia y Bélgica ya lo hicieron.
Los supermercados también deben saber que conseguir un espárrago o una naranja perfecta y rechazar a sus proveedores las frutas y verduras por un asunto meramente estético tiene un alto costo ambiental y pone en marcha un sistema de mercadeo perverso. Mientras más alto es el nivel de procesamiento para producir alimentos cosméticamente perfectos, peor es para el medioambiente.
Pero somos los consumidores y los ciudadanos los llamados a asumir el problema con mayor responsabilidad. Si cambiamos muchos de nuestros malos hábitos podemos cambiar la historia. Otros cambios son más culturales. La incorporación de la mujer al mundo del trabajo sin duda cambió la forma de cocinar y de comer. La familia moderna necesita poner más atención en cómo está enfrentando el desperdicio de comida y asumirlo como una causa.

 

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